Me llamo Julián Hernández y tengo 85 años. Fui chóer de Mario Moreno, mejor conocido como Cantinflas. Lo que voy a contarte me traumó cuando lo viví, ya que algunas veces las personas no son como las esperamos. Yo no fui actor, ni político, ni periodista. Fui chóer, solo eso. Así me enseñó mi padre. Si quieres respeto, empieza por respetar tu trabajo.
A Mario Moreno todos lo conocieron como Cantinflas. A mí me tocó conocer al señor que se sentaba atrás del coche, el que se subía cansado después de filmar, el que a veces se quedaba callado viendo por la ventana. Para mí siempre fue el señor Mario. Nunca le dije cantinflas, ni maestro, ni ídolo. Él tampoco quería eso. Yo llegué con él por necesidad, como llegan casi todos a sus chambas. Mi esposa estaba enferma. El mayor de mis hijos empezaba la secundaria y el dinero no alcanzaba.
Un día un compadre me dijo que andaban buscando chóer para un artista muy importante, pero no me dijo quién. Me citaron en una casa grande, de esas que huelen a cera de piso y a café recién hecho. Me entrevistó un señor trajeado que hablaba poco y anotaba mucho. Me preguntó si tomaba, si fumaba, si tenía problemas con la justicia. Yo le dije la verdad que lo único que debía era la tanda. Al final de la entrevista me miró fijo y me dijo, “Pas a manejar para alguien muy conocido.
Aquí lo más importante no es que manejes bien, es que sepas callar. Yo asentí. A un chóer se le contrata tanto por las manos como por la boca cerrada. Eso lo tenía claro. El primer día lo vi.” Entró a la cochera con el paso tranquilo, sin hacer escándalo. Traía un saco sencillo, nada de lentejuelas ni cosas así. Me extendió la mano como si yo fuera alguien importante. Mario me dijo. Mucho gusto, Julián. Señor, a sus órdenes. Dime, Mario, por favor.
El señor, déjalo pa. Los que se sienten más grandes de lo que son. se rió bajito. Yo sonreí, pero por dentro estaba nervioso. Ahí estaba en carne y hueso, el hombre que había visto en el cine desde chamaco. Y ahora me tocaba llevarlo y traerlo como si nada. Los primeros meses fueron normales. Lo llevaba a los estudios, a entrevistas, a eventos. En el coche casi siempre iba revisando papeles, guiones, notas. A veces me preguntaba cosas de camino.
¿Cómo ves el tráfico, Julián? Más bravo que ayer. Siempre está bravo, Mario. Le contestaba. No más cambian los coches. Se reía. No hablábamos de cosas profundas. Trabajo es trabajo. Yo respetaba su espacio. Cuando él quería platicar, platicábamos. Cuando no, ponía la radio bajito y ya. Era buen patrón. Nunca me habló golpeado, nunca me hizo sentir menos. Me preguntaba por mi esposa, por mis hijos. Una vez, cuando supo que mi señora estaba en el hospital, me dio dinero sin que yo se lo pidiera.
No es préstamo, me dijo. Es para que no te preocupes de eso mientras manejas. No quiero que me mates por ir pensando en la cuenta del doctor. Así era él, generoso, pero sin presumir. Por eso, cuando empezaron las cosas raras, me dolió más, porque yo ya lo respetaba. Un día, después de dejarlo en una cena elegante, me mandaron avisar que no lo recogiera a la puerta principal, sino por una calle de atrás. Eso no era común. Él siempre salía por la entrada bonita donde estaban las cámaras y los fans.
Esa noche salió rápido, sin saludar a nadie, sin la sonrisa de siempre. Se subió al coche, cerró la puerta y solo dijo, “Arráncate, Julián. ¿A dónde Mario? Me dio una dirección que no estaba en la agenda, una colonia que yo conocía, pero por cosas que mejor no se cuentan. No era zona de artistas ni de políticos, era zona de negocios de otros. En el camino iba serio, sin decir palabra. Yo miraba por el retrovisor de vez en cuando, pero él traía la vista clavada en la ventana como si quisiera memorizar la ciudad por última vez.
Al llegar a la zona, me pidió, “Apaga las luces antes de llegar a la esquina. Eso no es algo que se le pide a un chóer por simple gusto. Ahí fue la primera vez que sentí que algo no cuadraba. Paré donde me dijo, se ajustó el saco, se puso una gorra que llevaba doblada en la bolsa y antes de bajar me miró. Julián, pase lo que pase hoy tú no viste nada. Estamos Yo no supe qué contestar.
No más dije, “Sí, Mario.” Se bajó y se metió entre las sombras, como cualquier hijo de vecino. Nada de reflectores, nada de gente pidiéndole foto. Ahí no era Mario Moreno el ídolo. Ahí era un hombre más caminando donde no debía estar. Me quedé solo en el coche con el motor apagado y el corazón acelerado. Nunca me había sentido tan nervioso como chóer. No sabía si estábamos ahí por algo bueno o por algo muy malo. Y la verdad, esa noche por primera vez lo pensé.
¿En qué está metido este hombre? Todavía no sabía que la respuesta era al revés de lo que parecía, pero todo empezó con esa frase. Arranca y no mires para atrás. Aunque yo la verdad desde ese día ya no pude dejar de mirar. Después de esa primera noche rara pensé que iba a hacer cosa de una sola vez, que tal vez había ido a ver a alguien enfermo o a ayudar a un conocido con problemas. Uno siempre trata de pensar bien de la gente que respeta.
Yo la verdad no quería creer que el señor Mario anduviera metido en cosas chuecas. Los días siguientes fueron normales. Estudios, entrevistas, comidas con productores, reuniones con políticos que se reían de todos sus chistes, aunque no fueran tan buenos. Yo observaba, manejaba y me aprendía los tiempos de la ciudad. Ya sabía cuánto tardábamos de su casa al set, del set al teatro, del teatro al restaurante, todo marcadito en mi cabeza. Pero como a las dos semanas volvió a pasar algo fuera de lo normal.
Una tarde después de una filmación larga, en lugar de ir directo a casa, me dijo, “Vamos a pasar primero por un encargo.” No era raro que me pidiera eso. A veces había que ir por un traje, por unos papeles, por alguna chamarra que se le había quedado en no sé dónde. Yo solo pregunté, “¿A dónde, Mario?” me dio una dirección en voz baja. Era por el rumbo de un mercado grande, pero no el bonito, el otro, el bravo.
Yo lo conocía porque ahí crecí cerca. No era zona para andar de noche con reloj caro. Cuando llegamos a la esquina me dijo, “No entres a la calle principal. Métete por la de atrás.” Obedecí. Siempre obedecía. Ahí, en una esquina medio oscura, ya estaba esperando alguien, un tipo flaco, alto, con un sombrero gris, no de charro ni elegante, simple, pero bien acomodado. Tenía cara de pocos amigos. Mario bajó la ventanilla apenas. Ya está. Preguntó el del sombrero.
Asintió y abrió la cajuela sin pedir permiso. Metió una maleta negra, mediana de esas, sin logotipo ni nada. Solo la vi un segundo por el retrovisor, pero se notaba pesada. No sonaba a ropa, sonaba a algo compacto, duro. A mí se me encogió el estómago. El del sombrero dijo, “Ahí va todo.” Mario respondió serio. “Que no falte nada porque luego no hay tiempo, pa” arreglos. Yo traje saliva. Esa frase no sonaba a ropa, olvidada, sonaba a negocio.
De esos que si salen mal no se arreglan con perdón, jefe. El del sombrero se inclinó un poco para ver hacia adentro. me miró directo. Sus ojos eran fríos, no agresivos, pero fríos. ¿Es de confianza?, preguntó refiriéndose a mí. Mario contestó sin tardarse. Si no, confiara en él, no estaría aquí. El del sombrero hizo un gesto como diciendo, “Ya veremos.” Cerró la cajuela y se fue caminando, perdiéndose entre los puestos del mercado. Cuando arrancamos, yo sentía las manos sudadas en el volante.
No dije nada. hasta que no aguanté. Mario, ¿qué traemos atrás? Él tardó en contestar. Miraba por la ventana pensativo. Trabajo, Julián, dijo al final. Cosas que no se pueden mandar por correo. No me gustó la respuesta. Sonaba a broma, pero su cara no estaba bromeando. Trabajo de qué tipo, insistí. se me quedó viendo por el retrovisor, no enojado, pero muy serio. Mientras tú manejes bien y tu familia esté bien, tú y yo no vamos a tener problemas.
Me dijo, “Hay cosas que si las sabes, ya no duermes y tú tienes que dormir. Me cayó como balde de agua fría. Era una forma elegante de decir, no te metas.” Bajé la mirada y ya no dije nada, pero mi cabeza no paraba. En el camino de regreso noté algo más. No tomamos la ruta directa. Me hizo dar vueltas, cambiar de calle, meternos por avenidas más iluminadas, luego regresarnos a calles más chicas. Eso no era tráfico, eso era ver si nos seguían.
vi por el espejo varias veces. No noté nada raro, pero ya estaba nervioso. Empecé a fijarme en cada coche, en cada moto, en cada faro. Al llegar a su casa, Mario no me dejó subir la maleta ni llamar a nadie. Se bajó él mismo, abrió la cajuela, la cargó con esfuerzo y entró rápido por la puerta lateral, no por la principal, como si no quisiera que nadie de la casa lo viera. Esa noche, cuando llegué a mi casa, mi esposa me notó raro.
¿Te pasó algo?, me preguntó mientras servía la cena. Nada, que anduve por zonas feas. Dije esquivando. No quise preocuparla, pero me costó trabajo tragar la comida. Tenía la imagen de la maleta clavada en la cabeza. Maleta negra, sombrero gris, rutas raras, frases cortas. Y no fue la última vez. Empezaron a repetirse esas vueltas, no diario, pero sí seguido, siempre de noche, siempre con instrucciones raras. No te pegues tanto al coche de adelante. No te quedes en el semáforo si ves que no viene nadie.
Si alguien se te parece mucho en el espejo, le das la vuelta a la manzana. Yo ya no manejaba como chóer, manejaba como alguien que se siente observado. Las maletas cambiaban de tamaño, a veces era un sobre grande, otras veces era un paquete envuelto en papel café. El del sombrero gris aparecía y desaparecía. Nunca hablaba mucho. Pero yo empecé a notar cómo lo miraban otros tipos cuando se acercaba. Con respeto, pero también con cuidado. Una lluvia de pensamientos me cayó encima.
Y si traemos dinero sucio y si son armas. ¿Y si me están usando sin decirme? Y la pregunta más dura, ¿y si el señor Mario, el que hace reír a todos es otro por dentro? Yo no quería pensarlo, pero cada noche extra, cada ruta rara, cada encuentro con gente de mirada dura, me obligaba a verlo. Hasta que un día vi algo en uno de esos sobres que me cambió la forma de entenderlo todo. Y ahí fue cuando la cosa dejó de ser sospecha para volverse miedo de verdad, las vueltas con la maleta negra se hicieron costumbre.
No diario, pero ya eran parte del calendario que no se escribía en ninguna agenda. A mí me avisaban siempre igual. Hoy en la noche se ocupa y yo ya sabía lo que significaba. Tanque lleno, ventanas limpias y la mente despierta. En esas noches empecé a ver más seguido al del sombrero gris. Nunca supe su nombre. Si lo dijeron, no lo retuve. Para mí siempre fue el del sombrero. Era de esos hombres que no necesitan gritar para imponer.
Caminaba tranquilo, pero se notaba que donde se paraba mandaba. Una noche, como a media semana, me dijeron que pasara por el señor Mario a una reunión de trabajo importante. Cuando me lo dijeron, usaron esa palabra con un tono raro. Importante, no como de película ni entrevista, importante de otro tipo. Lo recogí y lo llevé a un edificio viejo en una colonia donde había más cables colgando que árboles. No era un lugar donde uno esperaría ver a un artista famoso.
Se bajó rápido, sin traje, solo con saco sencillo y camisa abierta del cuello. Antes de bajar me dijo, “No apagues el motor y no te duermas.” Asentí. Él entró al edificio y yo me quedé en la calle viendo quién entraba y quién salía. Pasó como una hora. Yo ya estaba inquieto. No me gusta estar parado tanto tiempo en lugares donde la policía no entra si no es en bola. En eso vi llegar al del sombrero gris. Venía con otros dos más jóvenes con cara de que no les importaba nada.
No hicieron escándalo. Entraron como si fueran a su casa. Yo bajé la mirada para que no me tomaran de curioso. Pasaron unos minutos y salieron de nuevo. El del sombrero se acercó a mí. “Tú, el chóer”, me dijo. Me puse derecho en el asiento. “Sí, señor. Ahorita va a bajar el licenciado.” Así le dijo a Mario. El licenciado. Cuando se suba, te sigues derecho y esperas instrucciones. No te pares hasta que él te diga. Entendido, respondí. Me dio una palmada en el cofre como probando el coche y se fue a fumar a la esquina.
Al poco rato salió el señor Mario. Venía serio, pero no asustado. Se subió, cerró la puerta, miró por la ventana y dijo, “Arráncate. Yo obedecí.” A los pocos metros, él agregó, “No des la vuelta a la derecha como siempre. Hoy vamos a otro lado. Me dio una dirección en voz baja. Mientras manejaba, vi por el retrovisor que el del sombrero se había subido a otro coche y venía detrás de nosotros, no muy pegado, pero claro que nos seguía.
Después de unos 15 minutos de dar vueltas, llegamos a una calle empedrada con casas viejas de puertas altas. Mario me dijo, “Párate aquí, pero no apagues el coche.” Se bajó sin esperar respuesta, caminó hasta una puerta azul, tocó fuerte y esperó. Yo desde el coche veía nada más una parte. La puerta se abrió y apareció una señora mayor. Hablaron rápido, se movieron hacia adentro y luego salió otra figura. Era una muchacha joven, tendría unos 20 o 22 años.
Traía una bolsa chica colgando y un suéter delgado, aunque hacía frío. Tenía la cara hinchada como de tanto llorar. Mario puso una mano en su hombro. Ella dudó en dar el paso, pero al final salió. Los vi caminar hacia el coche. La muchacha volteaba hacia los lados como si esperara que de alguna esquina saliera alguien a jalarla de vuelta. Mario le abrió la puerta de atrás. “Súbete”, le dijo suave. Él es de confianza. Ella subió despacio, casi arrastrando los pies.
Se sentó y se pegó a la puerta contraria, como queriendo estar lo más lejos posible de todos. Yo no pude quedarme callado. Buenas noches dije sin voltear mucho. Ella apenas murmuró algo que sonó a buenas. Mario se subió adelante y ordenó. Vámonos. ¿A dónde? Pregunté. Me dio una dirección que no conocía. No era ni su casa, ni el estudio, ni el teatro, ni ninguna de las rutas de siempre. Apenas avanzamos, la muchacha preguntó con voz baja. Allá también están ellos.
Mario la miró por el espejo. No, allá no. Es que si me regresan, ya no salgo. Dijo casi en susurro. Esa frase me cayó como piedra. Si me regresan, ya no salgo. Yo no sabía exactamente qué quería decir, pero no sonaba a regaño ni a despido. Sonaba amenaza de esas que no se escriben en papel. Nadie te va a regresar, le aseguró Mario. Mientras estés conmigo. No, yo manejaba, pero mi cabeza ya iba a 1000 por hora.
¿Quiénes eran ellos? ¿Y por qué no podía regresar? ¿Y qué pintaba mi patrón en todo eso? Vi por el espejo al coche del sombrero. Cris seguía detrás. No nos rebasaba, no se alejaba, solo venía. La muchacha se echó hacia adelante un poco. ¿Y él quién es?, preguntó señalándome con la barbilla. Es mi chófer, respondió Mario. Es familia de este lado. No te preocupes, familia. Esa palabra me dio orgullo, pero también me metió el problema, aunque yo no quisiera.
De repente, Mario se inclinó hacia mí. Julián, si ves que ese coche de atrás se te pega demasiado, haces lo que tengas que hacer, pero no te paras, ¿eh? ¿Qué es demasiado? Pregunté nervioso. Lo vas a sentir, dijo. No me gustó la respuesta, pero tenía razón. Uno siente cuando algo ya no es normal. La muchacha atrás empezó a llorar quedito con la cara tapada. Yo quería decirle algo, aunque fuera una tontería, pero no se me ocurrió nada.
¿Qué le dice uno a alguien que tiene miedo de no volver a salir? Solo atiné a bajar un poco la velocidad para esquivar un bache y en eso me di cuenta. El coche del sombrero ya no estaba solo. Más atrás venía otro sin placas. con las luces medio apagadas. Ahí supe que esto ya no era una simple vuelta rara y que la muchacha no era invitada. Era alguien que no podía regresar porque si regresaba la historia se acababa para siempre.
La calle se empezó a sentir más chica, aunque fuera la misma de siempre. Cuando uno sabe que lo vienen siguiendo, cualquier esquina parece trampa. Yo veía el retrovisor cada 2 segundos. Primero el coche del sombrero gris, luego el otro más atrás, sin placas, con sin sot, las luces medio escondidas. Mario notó mi tensión. Tranquilo, Julián, dijo. Si te pones duro del volante, te vas a equivocar. Fácil decirlo. El que traía a la muchacha y al coche era yo.
Ella desde atrás preguntó. ¿Son ellos? Su voz tembló en ellos. Mario no respondió de inmediato. Miró por la ventana como calculando. Todavía no dijo al fin. Pero ya saben que no estás donde deberías estar. Eso me eló la espalda. Donde deberías estar. O sea, en otro lado, en una oficina, en una casa, en un sótano. Tomé una avenida más ancha. Quise mezclare con el tráfico, pero a esa hora ya no había tanto. Peor tantito. Era más fácil que nos ubicaran.
Mario, me animé. Si anda en algo peligroso, dígamelo claro. Pa, saber a qué le tiro. Él soltó aire por la nariz. No de risa, de cansancio. Lo único que necesitas saber, Julián, es que no te estoy metiendo en algo mío, sino en algo que no debería existir. Yo fruncí el seño. ¿Cómo? ¿Algo que no debería existir? Antes de que contestara, la muchacha habló casi con coraje contra sí misma. Por mi culpa dijo. Es por mi culpa. Mario volteó a verla.
No es por tu culpa, es por lo que ellos hicieron. Tú solo no te quedaste callada. Ella abrazó su bolsa como si trajera un bebé adentro. Yo solo acomodaba papeles dijo. Yo no quería meterme en nada, pero escuché nombres, órdenes, cosas que si las oye cualquiera no vuelve a dormir. Y luego vi los documentos y me los guardé. Yo sentí un torzón en la panza. ¿Qué? Documentos. pregunté sin quitar la vista del frente. Ella dudó, pero Mario la animó con la mirada.
Diles, hija. Listas, dijo ella, nombres de gente importante, de los que mandan, no los que salen en la tele. Otros, los que dicen a quién levantar, a quién desaparecer, a qué juez comprar, qué caso perder. Todo por escrito. Me dieron ganas de apagar el coche y bajarme a caminar hasta mi casa, pero ya estábamos metidos hasta el cuello. Eso no lo hace cualquiera. Dije, ¿quién guarda esas cosas en papel? Los confiados, respondió Mario. Los que creen que nadie se va a atrever a tocarles, un solo papel.
Ella apretó más la bolsa. A mí me encargaron archivar eso. Yo estaba ahí solita con los folders. Escuché por la puerta cuando dieron la orden sobre un periodista que deje de molestar o se cae con todo y familia como si fueran pláticas de comida. Y algo se me quebró aquí adentro. Se tocó el pecho. No pude seguir como si nada. Se quedó callada un segundo. Luego añadió. Agarré lo que pude y me fui. Pensé que si se los enseñaba a alguien.
Todo iba a cambiar. Yo suspiré y cambió. Pero para ti, asintió con los ojos llenos de lágrimas. El mismo día que ya no llegué a la oficina empezaron las llamadas. A mi casa, a mi mamá, avecinas, dígale que vuelva, que si entrega lo que tiene, no pasa nada. Pero yo sabía que sí iba a pasar. Mario habló entonces con esa voz que se le ponía cuando dejaba de ser cómico y era solo un hombre de barrio. Cuando gente así te dice, “No pasa nada, es justo cuando más pasa.” Yo seguía dándole vueltas a algo.
“¿Y dónde están esos papeles?”, pregunté. “¿Los traemos ahorita?” Ella bajó la mirada a su bolsa. Yo la vi por el espejo. Estaba abultada, pero no se veía pesada. Mario se adelantó. No todos, pero trae algo que es suficiente p que la quieran callar. En un semáforo, uno de esos que se ponen en rojo aunque no venga nadie. Mario me dijo, “Párate tantito. Paré. A lo lejos venían los coches, pero no tan cerca aún. Mario se volteó hacia la muchacha.
Enséñale nada más para que entienda”, le dijo. Ella abrió la bolsa de espacio como si adentro hubiera víboras. sacó un sobre manila doblado a la mitad viejo con esquinas maltratadas. Lo abrió un poco y me lo acercó. “No más ve arriba”, dijo. Yo extendí la mano con miedo de tocarlo. Le eché una ojeada rápida. Lo primero que vi fue un encabezado, algo de reunión estratégica y una fecha. Luego, más abajo, una lista de nombres. Algunos me sonaban empresarios, un diputado, un jefe de policía.
Junto a cada nombre, notitas a mano. Aliado, paga, se dobla fácil, problema, pendiente. No quise leer más, me ardió el estómago. Ya dije, devolviéndoselo rápido. Con eso tengo. Ella guardó el sobre como si fuera su corazón. Mario me miraba fijo. ¿Ves ahora por qué la quieren de regreso? me dijo, “No es porque sea importante, es porque ya vio demasiado.” Volvió a ordenarme. Arráncate, que ya se nos están acercando. El semáforo se puso en verde y yo aceleré.
Sentía el volante raro, como si estuviera manejando con guantes mojados. “Entonces, Mario, me animé. Todo esto de las maletas, las vueltas raras es por esto.” Se quedó pensando unos segundos. No todo admitió, pero muchos sí. Hay gente a la que les consigo salida, documentos, dinero para irse. No lo hago solo. Hay más personas metidas en esto, pero no pueden dar la cara. Yo tampoco, pero a veces mi nombre ayuda a abrir puertas. Y si van a usar mi nombre, que sea pa, algo que valga la pena.
La muchacha lo vio con sorpresa, como si no hubiera entendido hasta ahora. quién la estaba ayudando. Cuando llamé al número que me dieron dijo ella, yo no sabía que usted venía. Solo dijeron, va a ir un hombre que no parece peligroso, pero lo es para ellos. Y era usted, Mario sonrió apenas. Para ellos sí, dijo, porque yo sé cosas y no les juego del todo su juego. En ese momento, el coche del sombrero gris se nos pegó un poco más.
Luego, de pronto, cambió de carril y se colocó detrás del otro coche sin placas. Mario lo vio por el espejo y murmuró, “Ya se dieron cuenta que no la traen ellos. Ahora vienen por nosotros. Yo tragué saliva. Ya no era solo una sospecha, no era solo un se me hace que yo ya había visto el papel y la verdad incómoda era clara. El señor Mario estaba metido en cosas muy peligrosas, pero no para robar. ni para extorsionar.
Se estaba metiendo con los que sí hacían eso y nosotros íbamos en medio en un coche que cada vez se sentía más chico. Las luces de la ciudad se sentían más fuertes, como si todo brillara deás. No sé si era la hora o los nervios, pero yo notaba cada poste, cada sombra, cada reflejo en los vidrios de los locales. Detrás de nosotros ya no era solo un coche, ahora eran dos. bien formaditos, como si fuéramos caravana. Nada más que nosotros no queríamos ir juntos.
Mario veía por el retrovisor con esa calma rara que a mí me ponía más nervioso. No corras de más, Julián, me dijo. Si corres, das aviso. Si vas muy lento, te cierran. Mantén el paso como si nada. Como si nada, dijo. Qué fácil. La muchacha iba pegada al asiento con la bolsa abrazada. No lloraba ya. El miedo a veces hace eso, te deja seco. ¿A dónde vamos? Pregunté con la voz un poco más alta de lo normal.
Mario me dio una dirección que no estaba en mi lista mental de lugares normales. Era por una zona donde había edificios viejos de oficinas, casi todos oscuros a esa hora. No era barrio bravo, pero tampoco zona de ricos. Ahí nos esperan dijo. ¿Quiénes? Pregunté. Él no respondió luego luego. Eso nunca es buena señal. Gente que puede usar lo que trae la muchacha sin morirse en el intento. Dijo por fin y que no está tan vendida. Por ahora seguimos avanzando.